Presencia de Dios

Había un monje hindú llamado Corda, gran devoto del dios Krisna. Era tal su fervor que llegó a convencerse de que en el ancho mundo no existía nadie tan devoto como él. Como no lo hacía por soberbia, sino con toda ingenuidad, el bondadísimo Krisna quiso poner los puntos sobre las íes y darle una buena lección al presunto santo. Una mañana, mientras su devoto estaba enfrascado en una meditación piadosa, Krisna le habló con dulzura: “Corda, mi fiel siervo, voy a premiar tu santidad. Quiero que vayas a un poblado en la orilla izquierda del sagrado río Ganges. Allí encontrarás a un labrador que también es mi devoto. Pídele que te acoja en su cabaña por un tiempo. Será para ti una grata experiencia y un don inmenso para tu espíritu”.

Como era de esperar, Corda no perdió un solo minuto, cruzó el río y buscó al labrador en el pueblo. Que un monje se hospede en tu casa es la bendición más soñada por la gente sencilla y devota. Todo cuando tenía el labrador en su pobre choza quedó a su disposición. Corda, por su parte, no quería perderse el mínimo detalle de la experiencia que Krisna le había prometido. Se dedicó a observar atentamente al labrador y sus devociones. Pero cada día se quedaba más confuso: al levantarse por la mañana, el campesino se detenía un momento delante de su cuadro ya viejo y sucio de Krisna y, uniendo sus dos manos delante de su cabeza, decía ‘Alabado sea Krisna’. Tomaba entonces el arado o el azadón y no volvía hasta la tarde. Al ir a acostarse, volvía a pararse frente al cuadro y repetía de nuevo: ‘Alabado sea Krisna’ y se dormía.

Pasaron varios días y no variaba el ritual. Corda comenzó a dudar si aquel era el labrador que Krisna le había indicado. Una noche, Corda oró así a su dios: “Señor, este labrador está inmerso todo el día en ocupaciones mundanas. ¿Dónde está su devoción tan probada?”. Krisna le contestó: “Mañana a primera hora llena un tazón hasta los bordes con leche fresca y llévalo hasta mi templo a las afueras de la ciudad”. A la mañana siguiente, Corda siguió con toda prontitud y entusiasmo el mandato de su dios. Al llegar al templo, escuchó de nuevo la voz de su Señor: “Mientras traías el tazón por el medio del pueblo, ¿cuántas veces pensaste en mí y me adoraste?”. Corda le respondió: “Señor, estaba tan preocupado con tu mandato, procurando que no se cayese una sola gota, que no pensé en otra cosa”. “Corda, siervo mío, – respondió Krisna- estabas tan concentrado en tu tarea que me olvidaste por completo. Aprende de ese campesino. Está tan preocupado con mantener a su familia y trabajar en su campo, y sin embargo, me recuerda dos veces al día”.

  • ¿En mi día, en qué momentos tengo presente a Dios?
  • ¿Qué cosas de mi día me distraen y no me dejan sentir la presencia de Dios?

 

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