¿Qué ha significado ser maestro para ti?

Todos los que hoy nos decimos maestros, algún día fuimos alumnos. En ese entonces sentimos y disfrutamos la vida como niños, y como tal, nuestro mayor interés al ir a la escuela, no fue precisamente como lo creen los adultos: aprender a leer y a escribir, sino encontrar en ese privilegiado lugar a muchos compañeros de juego… ¡Grandes amigos!… aquellos con  los cuales se disfrutan inolvidables momentos.

Sin embargo, también en la escuela se encuentran a los maestros, esos seres admirables que le dieron forma a nuestra vida. Sí, nuestros docentes que todo lo saben, aquellos que también fueron grandes amigos en el patio de recreo y en el salón de clase; en ellos en quienes se hallaba el mejor consejo para la vida, consuelo en el dolor, comprensión en tu desarrollo y justicia en toda ocasión. Aquellos con quienes se comparte una tercera parte de nuestra vida, se convierten en personajes eternamente inolvidables. Es a partir de su ejemplo que nació mi vocación de maestro.

Al inicio, creí que aparte de ser maravilloso estar rodeado de muchos alumnos, también sería sencillo. Bajo la lógica con la que deciden un niño pensé: “Para ser buen maestro sólo haré lo que mis buenos docentes han hecho.” Así fue como empecé una vida llena de aventuras, emociones, preocupaciones, responsabilidades y porque no decirlo…de inmensa felicidad.

En mis primeros años como docente me apasioné por el dominio de la ciencia, para así poder ofrecer a muchos niños y jóvenes un conocimiento completo ¡Quería ser el mejor! Me propuse como meta entender las matemáticas en todos los niveles, dominar la parte más difícil de esta ciencia, demostrar como lo hicieron los grandes sabios: Teoremas, postulados e hipótesis. Yo también quería ser un dios, como para mí lo fueron mis maestros.

Esto me llevó a compartir los números con los alumnos de Preescolar, hasta tomé cursos para poder comunicarme con los más pequeños y a descubrir que pueden aprender las matemáticas jugando. En Primaria y Secundaria estructuré diversas estrategias para que desde su edad entendieran. En Preparatoria y Universidad aprendimos en la vida real, midiendo y construyendo proyectos.

Después de tanto conocimiento compartido, me di cuenta de algo sumamente importante: No se puede enseñar la ciencia, sin la esencia. Sí, hablo de la presencia de Dios en la vida de las matemáticas. Descubrí que Dios debe estar presente, para así poder ofrecer un conocimiento completo. ¡Cómo puede un alumno aprender el tema de las fracciones! ¡Sin saber que la riqueza está mal distribuida! ¡Sin saber que la fracción que representa a los pobres es equivalente a la fracción que representa el hambre y la ignorancia! ¿Cómo queremos que nuestros alumnos en el futuro resuelvan a favor de la seguridad alimentaria? ¿de los más necesitados? Sin aprender antes unas matemáticas más humanas. Lograr esto será muy difícil, si seguimos enseñando una ciencia sólo para quienes lo tienen todo.

Los chicos han aprendido a calcular el volumen de un recipiente: ¡Excelente! ¡Qué precisión! Pero, no les hemos enseñado a determinar la cantidad de despensa que cabe en ese recipiente para reparar la necesidad de otros. Jesús se hizo humano para llegar hasta nosotros, para ayudarnos a descubrir en nuestra mente nuevos y buenos pensamientos… ¡Por eso es el gran maestro! ¡Tan grande es! Que ni siquiera merecemos llevar el nombre de maestros. Aun así, en la vida diaria lo somos, así nos conocen los alumnos. Es ahí, cuando sientes que el alma se te escapa, cuando de profesor pasas a ser maestro, el que enseña para la vida, para el mundo, quien forma hombres y mujeres para los demás…inspiración jesuita. Pero… ¿Por qué Dios quiso que mi destino fuera ser maestro?

En cada maestro hay una historia inspiradora… ellos son quienes modelan las almas de los niños, acompañando sus vidas como si fueran propias, pensando siempre en su destino. Por esos maestros y maestras, juntemos nuestras manos en oración fraterna, porque Dios les permita la satisfacción de haber cumplido y así ganar el cielo.

 

Autor: Jorge Balderas Muñoz

Colaboradora: Cecilia Donaji Delgadillo.

 

 

 

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